No me hace ninguna gracia persistir en un estado de indignación constante: enrarece el aire o, en términos modernos, contamina la atmósfera. Cómo me gustaría parecerme a quienes observan y participan del mundo con benignidad, tolerancia y comprensión.

Sin embargo, es fácil imaginar que quienes no mantenemos esta actitud con estupenda naturalidad, sino que intentamos educarnos en ella, explotamos de repente con el comentario aparentemente leve o la omisión con aire de inocencia, después de haber procurado con nuestra ¿mejor? voluntad ocultarnos a nosotros mismos que nos apetece gritar de enfado ante lo más grueso.

Una vez aquí, tengo que dar algunos antecedentes. Demasiados para el gusto de cualquiera, así que me limito a enlazar en lugar de describir. Son el resultado de una búsqueda rápida sobre los abusos de la Iglesia católica en años recientes. (más…)