Todos advertimos la pujanza contemporánea del género detectivesco o policíaco en la literatura. Yo también soy fan y me alegro de que tantos escritores de renombre expresen su gusto por lo que parecía una subcategoría aún más frívola dentro de la novela, género ya prescindible según ciertas interpretaciones carcas y pedantes de la literatura.

Lo detectivesco ha impregnado otras formas artísticas: cine, televisión, teatro, supongo que cómic. Debo admitir que padezco mucho despiste e ignorancia sobre todo lo audiovisual; sin embargo, el caso es que últimamente veo con fascinación algunas series policíacas en la tele. Me sorprenden la complejidad y calidad de los guiones, con personajes robustos y bien construidos, la velocidad de la intriga, la atención a los detalles. Todo esto se refleja, por ejemplo, en mi última serie favorita: The Closer.

En cambio, ciertas series presentan características técnicas excelentes que percibe incluso alguien como yo, pero pierden groseramente calidad con personajes planos o giros melodramáticos del argumento, con lo que se difumina el interés. Me refiero a series como Ley y orden, especialmente la subserie referida a delitos sexuales, o CSI.

Además, cuando ya hemos asimilado los principios básicos del sistema legal estadounidense y podríamos recitar de memoria los derechos del detenido, incluso la importancia de comprender estos, llega un/una policía idiota que pone todo patas arriba. Normalmente, este personaje intenta saltarse la ley con la más trágica de las actitudes y una sensibilidad pretendidamente exquisita, mezcla en realidad de san Juan Bosco y Gengis Jan («¡pero es un niiiiño! ¡A los agresores de niños hay que trocearlos, arrancarles la nariz y sacarles la sangre a cucharadas! ¿Y si fuera tu hijo?», etcétera). 

Sigo gruñendo: se entiende que los policías, como los médicos y enfermeros, se endurezcan un poco para soportar profesiones difíciles, pero no que los polis de ficción hagan tantos chistes malos sobre las tragedias con que se encuentran. (Sobre todo, por lo de malos.) Otra actitud que he visto en series como Ley y orden es el afán de venganza, el ensañamiento, hacia los imputados, muy culturalmente arraigado en Estados Unidos por razones religiosas, pero que fiscales y policías deberían esforzarse en contener. Esto se disimula un tanto en los guiones haciendo que los detenidos sean monstruos repugnantes sin ningún rasgo que los redima, pero no por eso se digiere mejor la pasión casi sádica que ponen sus perseguidores. Quizá el ejemplo más ofensivo sea el de la violación en las cárceles, una lacra terrible y demasiado real que debería combatirse por todos los medios; pues bien, en algún episodio he visto cómo los policías se regocijan abiertamente de que sus detenidos vayan a ser víctimas de semejante delito, como si no bastara con la prisión y la longitud de las penas.

En fin, que estamos demasiado lejos de la compasión y humanidad que muestran el comisario Maigret o el inspector Wexford (por cierto, la descripción de este último en la Wikipedia me parece bastante mala).

Ni siquiera mi apreciada subjefa Brenda Leigh Johnson, de The Closer, está libre por completo de manipulaciones dudosas sobre sus detenidos, al menos para mí; no entiendo por qué los ciudadanos consagramos con tanto interés el derecho a la representación legal, algo maravilloso, y sin embargo en tantos episodios la subjefa procura insistentemente que los detenidos renuncien a él. Bueno, sí lo entiendo en términos de ficción, puesto que un rasgo fundamental de la subjefa es cerrar los casos mediante una confesión; pero vaya, parece un tanto inmoral.

Sin embargo, las virtudes de The Closer me parecen muchas y abundantes. El crimen y el dolor no se trivializan, al menos en comparación con otras series; los guiones son inteligentes; los diálogos, dignísimos; el plantel de actores quita el hipo (empezando por la extraordinaria Kyra Sedgwick, la subjefa); la cinematografía me parece buena en cuanto a movimiento o elipsis de la cámara; la serie es feminista, por ejemplo porque falta machismo inadvertido o repelente en protagonistas con quienes deberíamos simpatizar; aparece algún toque de humor oportuno y nunca ofensivo…

Pero de humor hablaré en otra entrada, que me estoy alargando demasiado.