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Desde la estación ferroviaria de Ciudad Real se ve el anuncio de la mueblería Jacinto Jaramillo.

Me parece que los dueños pecan de demasiado sutiles. Para ser más directos, yo les recomendaría una foto frontal de un coño. No creo que tengan problemas para encontrar una por Internet. Eso sí, en esos contornos sería más difícil fingir que la carne femenina está marcada con hierro o tiene estampado un letrero, como ocurre en la foto de estas nalgas; por tanto, para completar la sugerencia, yo propondría editar la imagen de modo que uno de los labios mayores tenga cosida una etiqueta de cartón, y poner ahí los datos de la mueblería al lado de un código de barras.

Al fin y al cabo, una empresa que incluye design & quality en su nombre debe hacer llegar claro su mensaje a los clientes que desea, en vez de dar rodeos melindrosos.

Sin embargo, a pesar de tanta delicadeza, hay mujeres que todavía protestan, qué cosas. Y el Instituto de la Mujer indica que esta publicidad es denigrante; ¡qué atrevimiento!

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Ya había escrito las cuatro líneas anteriores cuando veo que la empresa decide retirar el anuncio.

No las borro, entre otras cosas porque la empresa deja muy claro que les molesta extraordinariamente quitar la publicidad. Ya ha salido la mujer que siempre aparece como pantalla en estos casos.

En este caso, es la contable quien nos explica que, puesto que ella no se siente vejada por la empresa que le paga, nadie más debe sentirse así. Además, el anuncio le parece «gracioso», vulgaridad a la que ya estamos acostumbrados; y le parece mal que se cuestione la ética de la mueblería. Comprendo este punto de vista, porque la empresa patrocina a la Hermandad del Prendimiento en Semana Santa.

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Los responsables del tren de cercanías velan por nuestra seguridad.

(El texto dice: «En caso de ser necesario el uso de este elemento y la falta del mismo, solicitese al personal de servicio en el tren».)

¿Por dónde empezar? ¿A qué burócrata despistado se le ocurrió que semejante galimatías era buena idea?

En estas líneas, por ejemplo, cuesta esfuerzo no ver un anacoluto, falta una tilde y aparece el dichoso anafórico mismo (aquí, el comentario de la RAE, punto 3). Pero además, según el cartel, entiendo que si en un viaje corriente, sin problemas, me percato de la falta del martillo, perdón, del elemento, lo lógico es callarme. Solo corresponde avisar al personal en caso de necesidad: por ejemplo, después de un choque. Ya me imagino la escena, con el vagón lleno de humo y los pasajeros buscando al revisor:

—¡Oiga! ¡Aquí no está ese elemento que la Renfe es incapaz de nombrar!

—¡El martillo!

—¡Niño, calla, que no podemos mencionarlo! ¡Solicitamos el mismo!

La Feve, en cambio, es mucho más directa en su propósito de incomunicarse con los pasajeros y prescinde de tonterías como textos legibles.