No me hace ninguna gracia persistir en un estado de indignación constante: enrarece el aire o, en términos modernos, contamina la atmósfera. Cómo me gustaría parecerme a quienes observan y participan del mundo con benignidad, tolerancia y comprensión.

Sin embargo, es fácil imaginar que quienes no mantenemos esta actitud con estupenda naturalidad, sino que intentamos educarnos en ella, explotamos de repente con el comentario aparentemente leve o la omisión con aire de inocencia, después de haber procurado con nuestra ¿mejor? voluntad ocultarnos a nosotros mismos que nos apetece gritar de enfado ante lo más grueso.

Una vez aquí, tengo que dar algunos antecedentes. Demasiados para el gusto de cualquiera, así que me limito a enlazar en lugar de describir. Son el resultado de una búsqueda rápida sobre los abusos de la Iglesia católica en años recientes.

Después de estos ejemplos actuales de lodo y miseria, la frase que hoy me disparó el rechinar de dientes se encuentra en un artículo sobre uno de quienes, de una forma u otra, permitieron que el sacerdote Brendan Smyth abusara sexualmente de numerosos niños y niñas durante décadas.

«”Frankly I don’t believe that this is a resigning matter,” the cardinal said.»

A ver. ¿Colaboraste en la coacción a testigos que eran niños cuando sufrieron los delitos (no sé si también cuando testificaron)? ¿Participaste en un lamentable apaño que hizo circular a un sacerdote pederasta por distintos lugares donde abusaba de niños con regularidad? ¿Y puedes decir tan fríamente que todo este asunto no justifica no ya tu dimisión, sino ni siquiera una disculpa? Aaaah. No, no entro en más detalles; ya no hace falta.

(Por cierto, ya era hora de que estos escándalos salieran a la luz en Europa. Durante años, se quiso difundir que las quejas eran un fenómeno típico del puritanismo estadounidense, alentado por sentimientos anticatólicos. Este artículo del Boston Globe lo explica bastante bien e incluye algunas citas sonrojantes.)

Cuando hace alrededor de un año apareció el ya enlazado y atroz informe acerca de los abusos de todo tipo cometidos sobre niños por la Iglesia católica en Irlanda, casi tan espantoso por las circunstancias en que se hacía público como por lo que contaba en terrible detalle, el cardenal español Cañizares tuvo a bien despreciarlo diciendo tonterías viles. La arrogancia del ungido que no concibe verse cuestionado, después de que tantas personas le hayan besado el anillo con reverencia, recuerda mucho al cardenal irlandés Brady. Quizá a veces haga falta haber participado en la Iglesia católica, digamos haber crecido en ese ambiente, para percibir todo el grado de soberbia e hipocresía a que pueden llegar algunos eclesiásticos, pero creo que este caso se condena solo.

La contestación en El País de Rafael Sánchez Ferlosio  me hizo respirar hondo, casi casi derramar lágrimas. Copio aquí una sola frase porque no puedo dejarlo en un simple enlace, pero es preciso leer el texto entero, donde a Ferlosio le

«parece igualmente apropiado recordarle a monseñor Cañizares lo que Jesús no ha tolerado»,

y se explica el título de esta entrada mía (que sin duda no será nada original).

Señor Sánchez Ferlosio: como repiten los británicos sobre algunas de sus figuras, es usted un tesoro nacional. Mis oscuras y humildes gracias.

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