Leo con disgusto sobre el caso de Pepe el Ferreiro y su museo etnográfico de Grandas de Salime (Asturias).

Este texto de Pilar Sánchez Vicente me parece un estupendo resumen de lo ocurrido. También me ha gustado este otro artículo, algo más largo, del ex rector de la Universidad de Oviedo Alberto Marcos Vallaure.

En su título,  Sánchez emplea con ironía la palabra gestor, lo que me hace rumiar tres tendencias entre quienes aprueban la destitución del Ferreiro con formas tan zafias, espigadas estos días entre lo publicado por ahí:

1. Como siempre, aparecen los mezquinos habituales que argumentan variaciones de a) con el hambre que hay en el mundo y los problemas de Asturias, b) anda que tanto ruido por un solo paisano, c) ¡si ya tenía que estar jubilado!, ¿qué más le da? (Esta gente antisocial debía vivir en cuevas en el monte una temporada.)

2. Algunos que hablan de inventarios y controles exhaustivos son tecnócratas arrogantes y ensoberbecidos que deslizan palabras como museizable a poco que puedan. Poseen licenciaturas en historia (perfectamente dignas en sí mismas, apunto en actualización) o másteres con nombres parecidos a Técnico Superior en Procesamiento de Artefactos Culturales, regados de anglicismos y mayúsculas.

3. Otros utilizan el recurso del «nadie niega que». Este artículo es un ejemplo muy gracioso: en el primer párrafo, anafóricamente, el autor/la autora encabeza cuatro oraciones con «nadie duda [lo que vale el Ferreiro]» y remata con un rotundo «No [punto y aparte]». Ah, ¿no? ¡Pues cualquiera lo diría, dado cómo han actuado los políticos responsables de esta destitución! Más parece que intentaron guardar silencio, pero una vez público, andan más cerca de agarrar la brea y las plumas que de conceder los laureles merecidos, si tal fuera el convencimiento sobre la valía del personaje. En fin, la retórica al servicio de decir que lo blanco es negro.

Releía yo ayer con gusto La faz de España,* de Gerald Brenan, que como buen británico cultivaba con mucho acierto la brevedad del aforismo:

«[…] los españoles no tienen sentido de la equidad. Viven en un sistema en cierto modo tribal, que hace que para ellos sea un deber moral el favorecer a sus amigos a expensas del Estado y penalizar a sus adversarios. Esta es la primera ley de este país, y fue tan observada durante el gobierno de la República como lo es ahora [1949].»

*(Traducción de Domingo Santos. Barcelona: Plaza & Janés, 1985, p. 189.)

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